ASESINOS SERIALES MEXICANOS LLEVADOS A LA PANTALLA GRANDE

Por Héctor Trejo S.

La violencia ha marcado muchos momentos de la humanidad a través de su historia, desde los asesinatos masivos por creencias religiosas hasta las muertes colectivas en pro del expansionismo territorial o el poder económico-político, pero la violencia injustificada del hombre hacia el hombre es un asunto de notoria relevancia y que el cine nacional no ha dejado de lado, menos aun cuando se trata de asesinos seriales mexicanos que han sido llevados a la pantalla grande para deleite de los espectadores.

PERO, ¿QUÉ ES UN ASESINO SERIAL?

Un individuo casi siempre con un grado de psicopatía y con un deseo de venganza de algún tipo o bien que asesina por simple placer intentando ser el centro de atención social, que cuenta con un modus operandi, eliminando personas en un intervalo y de una determinada manera es considerado asesino serial. “Son psicópatas que llevan el asesinato al extremo de excitación y frenesí” .

Bajo esta premisa, el asesino serial es un personaje que, a pesar de las limitantes, se convierte en una figura pública que tiene en vilo a mucha gente, esperando su siguiente ataque o, bien, su captura.
En México, el número de asesinos seriales conocidos es muy importante, aunque en este texto sólo haré mención de algunos cuantos y la trascendencia que sus historias tuvieron para llegar a la pantalla grande.

ASESINOS SERIALES MEXICANOS

Francisco Guerrero, El Chalequero, a quien le gustaba autonombrarse Antonio Prida. El Chalequero fue el primer asesino serial mexicano que aparece en la historia y por tal motivo, aunque no hay una película que muestre su caso, es preciso considerarlo en esta revisión. El tipo comenzó a matar en 1880, al final del primer periodo gubernamental de Porfirio Díaz.
Su historia tiene tintes cómicos, aunque sus acciones no lo fueron tanto, pues el mote se debía a que usaba pantalones ajustados de casimir, camisa blanca, una faja de colores que le servía para ocultar el cuchillo, sombrero negro, zapatos relucientes y un elegante chaleco.

Su modus operandi consistía en abordar a una prostituta, llevarla a la cama y, si no le gustaba el sexo, simplemente las golpeaba, las violaba y finalmente las degollaba. Luego de asesinarlas, tiraba los cadáveres de las mujeres en el río Consulado de la ciudad de México, donde ahora se encuentra la avenida Circuito Interior.

Se le atribuyen más de 20 muertes y su captura tuvo lugar el 13 de julio de 1888, cuando un grupo de gendarmes llegó a una taberna de Peralvillo y detuvo al sujeto, acusado por una prostituta llamada Lorenza Urrutia, quien tuvo la osadía de despreciarlo. Cuando la volvió a ver, El Chalequero la secuestró y la tuvo cautiva en una cueva cerca de La Villa, donde la ató, violó y torturó por dos días, pero la mujer se pudo escapar de sus garras cuando al asesino se le terminó el pulque y fue por más; acto seguido, la chica se fugó y lo denunció.

Con la evidencia y la denuncia fue condenado a la pena de muerte un año más tarde, pero el presidente Porfirio Díaz cambió la sentencia de muerte por 20 años en prisión, pues se había convertido en una celebridad gracias a los periódicos de la época.

Fue llevado a la cárcel de San Juan de Ulúa, en Veracruz, donde no cumplió con toda la condena porque el gobierno otorgó una amnistía a presos políticos y su nombre apareció por error entre los indultados, quedando libre en 1904.

Volvió a la ciudad de México y el 28 de abril de 1908 salió a buscar a una prostituta y encontró a una de casi 80 años, a quien golpeó, violó y degolló, como era su costumbre. Depositó el cadáver de la anciana a orillas del río Consulado, pero la nieta de la mujer fue a buscar a la policía y encontraron a Francisco Guerrero muy cerca de la escena del crimen, sentado y absorto: todavía llevaba las manos ensangrentadas.

Luego de su captura, volvió a los juzgados y fue condenado a la horca, pero en su espera fue recluido en la prisión del Palacio Negro de Lecumberri, en la ciudad de México, donde el destino lo salvó, pues cuatro meses antes de cumplir su sentencia se enfermó de tuberculosis, padeció una embolia y finalmente murió en noviembre de 1910, en el Hospital Juárez.
Gregorio Cárdenas, El Estrangulador de Tacuba, quien fuera el asesino serial más popular de México, era un tipo brillante, con un coeficiente intelectual por encima del promedio, por lo que a sus 20 años pudo conseguir una beca de Pemex y progresar con sus estudios de ciencia químicas, a pesar del abuso recibido de parte de su madre, en su infancia, lo que le provocó incontinencia urinaria.

A causa de sus problemas infantiles empezó a dar muestras de crueldad hacia los animales, torturando pollitos y conejos, lo cual marcaría el inicio de su desprecio por la vida ajena.

Su primer asesinato lo llevó a cabo la noche de 15 de agosto de 1942, a bordo de su automóvil, cuando recogió en la calle a una prostituta de 16 años llamada María de los Ángeles González, alias Bertha, a quien llevó a su domicilio. Luego de tener sexo con ella, Goyo la estranguló con un cordón en el baño de su casa, ubicada en la calle Mar del Norte 20, en Tacuba, cerca del Centro Histórico de la ciudad de México. Una vez muerta, llevó el cadáver al patio y allí la enterró.

Ocho días después, la madrugada del 23 de agosto, Goyo salió de cacería otra vez. En esta ocasión, la prostituta elegida tenía 14 años y se llamaba Raquel Rodríguez León. También la sepultó en el patio de la casa de Mar del Norte.

Luego de ese asesinato, Goyo esperó solamente seis días antes de ir, la noche del 29 de agosto, a buscar a una nueva víctima. Esta ocasión fue Rosa Reyes Quiroz, otra menor de edad que ni siquiera llegó a acostarse con él antes de morir.

El 2 de septiembre Goyo cometió su último crimen con una chica llamada Graciela Arias Ávalos, estudiante de bachillerato de ciencias químicas de la UNAM, quien aceptaba su amistad. Graciela era una alumna modelo y su padre, un conocido abogado penalista, Miguel Arias Córdoba. Graciela esperó a Goyo afuera de la Escuela Nacional Preparatoria y él la recogió en su auto, supuestamente para llevarla a su casa, ubicada en Tacubaya 63. Afuera de la casa de la chica, siguiendo en su auto, le habló de su amor por ella. Graciela lo rechazó y entonces él intentó besarla a la fuerza. Ella le dio una bofetada y Goyo arrancó de un tirón la manija del automóvil y comenzó a golpearla en la cabeza hasta que la mató. Goyo condujo hasta su propia casa, bajó el cadáver, lo puso sobre el catre donde dormía, lo envolvió en una sábana y ya en la madrugada del 3 de septiembre, lo enterró.

Al percibir el tremendo problema en el que se encontraba, Goyo le pidió a su madre que lo internara en el Hospital Psiquiátrico del doctor Oneto Barenque, diciéndole que había perdido la razón. Ahí acudió, el 8 de septiembre, el subjefe del Servicio Secreto, Simón Estrada Iglesias, para buscar pistas de la joven, para lo cual interrogó al asesino, quien terminó confesando su fechoría y los demás asesinatos.

A las tres de la tarde de ese día, la policía, acompañada y guiada por Goyo, entró a la casa de Mar del Norte y encontró los cuerpos sepultados. Con una máquina de escribir, redactó su propia declaración, a manera de nota roja periodística y sin perder detalle de cada uno de los crímenes.

El 13 de septiembre se le dictó auto de formal prisión y fue recluido en el Palacio Negro de Lecumberri, en el pabellón para enfermos mentales. Sin embargo, sus abogados consiguieron que Goyo fuera trasladado al Manicomio General de La Castañeda, donde recibió trato preferencial, de manera inexplicable, como asistir a las clases de psiquiatría que ofrecía el director del manicomio; entraba a la biblioteca sin problemas, recibía visitas familiares e incluso se iba al cine con algunas amigas.

Para finales de ese año se publicaba en la prensa nacional: “Los móviles de estos horrendos asesinatos, únicos en los anales de la criminología mexicana, no han sido todavía puestos en claro, pero a juzgar por las declaraciones hechas por el asesino, son el producto de un espíritu morboso, de un gran sádico, que bien puede constituir la versión mexicana de aquel criminal francés llamado Landrú, o del legendario ‘Barba Azul’… ”.

El 25 de diciembre de 1947, cinco años después de entrar allí, Goyo se fugó con otro interno y partió rumbo a Oaxaca; 20 días después fue reaprehendido y alegó que no había escapado, sino que se había ido de vacaciones.

Las autoridades decidieron regresarlo a Lecumberri el 22 de diciembre de 1948. Una vez allí, memorizó el Código Penal, cursó la carrera de derecho, se convirtió en litigante. Tocaba el piano que su madre le había regalado, escuchaba ópera, leía poesía, dirigió una revista y comenzó a pintar cuadros. En el penal se casó y tuvo hijos, a quienes mantenía con las ganancias de una tienda de abarrotes que puso dentro de la cárcel.

En 1976, la familia de Goyo apeló al entonces presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, quien inexplicablemente terminó por absolverlo. El 8 de septiembre de 1976 El Estrangulador de Tacuba abandonó la cárcel.
Poco tiempo después, el Congreso de la Unión lo invitó a asistir a la Cámara de Diputados, donde se le brindó un homenaje. Goyo hizo uso de la tribuna para hablar sobre su vida. Los diputados priístas aplaudieron de pie a un asesino serial, y en sus discursos lo calificaron como un gran ejemplo para los mexicanos y un claro caso de rehabilitación.

Goyo Cárdenas murió el 2 de agosto de 1999.

En el cine, la historia de El Estrangulador de Tacuba quedó retratada en el filme El profeta Mimi, cinta dirigida por José Estrada (el mismo que realizara las cintas de Chabelo y Pepito), donde Ignacio López Tarso interpreta al multihomicida. Es una obra cinematográfica sumamente pesada, sin grandes logros visuales y por mencionar apenas algunos aciertos, el trabajo de Ana Martín y el protagonista son los destellos respetables de todo el largometraje.

Aunque, “…a pesar de su ínfima calidad, entre otras –muestra– el miedo y el odio hacia las mujeres y la sexualidad femenina. Situación que no es nueva, digamos, en las narrativas cinematográficas en donde constantemente convergen todos aquellos elementos que hacen posible la iconografía de la ‘misoginia cultural’” .

Un asunto meramente mediático nos pone a personajes como Goyo Cárdenas y sus cuatro asesinatos como un elemento más relevante que, por ejemplo, El Sapo de Lecumberri, llamado José Ortiz Muñoz, un militar que asesinó a más de 100 personas, o a Higinio Sobera de la Flor, mejor conocido como El Pelón Sobera, a quien sólo se le demostraron dos asesinatos, pero a quien se ubica por su afición a la necrofilia y su impulsividad.

Las famosas hermanas Valenzuela, conocidas popularmente como Las Poquianchis, popularizadas por la gran atención mediática de su caso en las décadas de los 50 y 60 y, cuya trascendencia histórica la perpetrara el libro del mismo nombre, publicado por Jorge Ibargüengoitia, en el que documenta todo el proceso por medio del cual las citadas mujeres fueron autoras materiales e intelectuales de 91 asesinatos confirmados, aunque se cree que pudieron haber matado a 150 personas aproximadamente.

Se trataba de cuatro hermanas: Delfina, María de Jesús, Carmen y Eva, quienes nacieron en San Francisco de Rincón, Guanajuato, y El Salto, Jalisco, y que gracias a una pequeña herencia dejada por sus padres comenzaron en el negocio del alcohol y la prostitución, contratando chicas de la región jalisciense para una especie de cantina que tuvo un gran éxito.
El dinero que generó el negocio les permitió extenderse a regiones cercanas, abriendo más cantinas, ahora con cuartos para la renta de los clientes que desearan servicios sexuales en el lugar.

Delfina era la líder familiar y, por ende, la que administraba los negocios, convirtiéndose en una dictadora de las prostitutas que contrataba, pues cada día limitaba más la acción de éstas fuera de sus establecimientos, vendiéndoles incluso el maquillaje, los zapatos y la comida a precios exorbitantes y ganando dinero de los propios ingresos de las sexoservidoras.

Gracias a las relaciones con los funcionarios de la región, que asistían a sus burdeles, Carmen consiguió tramitar los permisos necesarios para abrir el que en algún momento fuera el prostíbulo más famoso que consiguieron poseer, el Guadalajara de Noche, un antro que funcionaba de maravilla por el cada día mayor número de clientes.

Ante la gran demanda que tuvieron, decidieron traer al hijo de Delfina, un tipo llamado Ramón Torres González, mejor conocido como El Tepo, un traficante de autos estadounidenses, quien en los burdeles de la familia se encargaba de mantener el orden, evitando trifulcas y cuidando a las prostitutas.

Las cosas estaban muy bien hasta que un grupo de judiciales intentó detener a Ramón por su chueco negocio automotriz, ante lo cual se resistió y fue acribillado sin piedad frente a su madre, quien no protestó, sólo juntó a un grupo de militares a los cuales les pagó para que buscaran en toda la región a los judiciales y los asesinaran. Dicha situación detonó una persecución contra las hermanas en esa zona y fue el motivo primordial por el que tuvieron que emigrar a León, ciudad donde encontraron un nuevo local para establecerse.

En León, las hermanas Valenzuela decidieron juntar sus capitales y abrieron dos burdeles; el primero que le compraron a un homosexual que apodaban El Poquianchis, mote que heredaron junto con toda su clientela, aunque decidieron llamarlo La Barca de Oro, el cual tuvo gran éxito y les permitió financiar la apertura de un nuevo Guadalajara de Noche, muy cerca de ahí, en San Francisco del Rincón.

Cambios en el gobierno de Guanajuato en 1962 pusieron a las autoridades a clausurar los burdeles y las cantinas que Las Poquianchis tenían en el estado; acto seguido, escaparon con sus muchachas al otro prostíbulo.

Por la pérdida de algunos de sus negocios, las Valenzuela emprendieron una nueva forma de obtener mujeres sin pagar mucho por ellas o sólo secuestrándolas, lo cual levantaría de nuevo su economía. Se acercaban a los pueblos y buscaban a las niñas más bonitas, chicas de 12 a 15 años a quienes, si podían, secuestraban; si no, acudían a sus casas y hablaban con sus padres para decirles que las llevarían a trabajar de sirvientas, ante lo cual los padres accedían.

Por esos días, Delfina, la mayor de las hermanas, adquirió un rancho llamado Loma del Ángel, el cual se convirtió en su centro de acción, donde posteriormente enterrarían a las prostitutas que asesinaban.

Las chicas que llegaban a sus tugurios eran desnudadas por completo. Si eran aptas para iniciar en el negocio sexual, “los ayudantes que (las Poquianchis) habían contratado se encargaban de violarlas, uno tras otro, vaginal y analmente. También las obligaban a practicar el sexo oral y si lloraban o se resistían, las golpeaban” .

Después las bañaban con agua helada y les daban un vestido para salir a prostituirse. A quienes no accedían a generarles recursos económicos con sus servicios sexuales, las golpeaban hasta dejarlas inconscientes.

Como el negocio redondo eran las niñas, cuando las chicas llegaban a la edad de 25 años, bastante mayores para el gusto de los clientes, eran maltratadas hasta hacerlas perecer; se dice que incluso hubo algunas enterradas vivas, al grado de asesinar a más de 90.

Entre las linduras que dejaron Las Poquianchis se tienen muchos niños abortados y sepultados, pedofilia, zoofilia, necrofilia y aunque no se demostró, fue manejado ampliamente en los medios que en la última etapa de su libertad practicaron el satanismo.

Las asesinas fueron detenidas gracias a la fuga de una chica que habían reclutado en 1964, llamada Catalina Ortega, quien a pesar de los golpes mantuvo su deseo de escapar intacto y tras un descuido de Salvador Estrada Bocanegra, El Verdugo, y Hermenegildo Zúñiga, El Águila Negra, salió corriendo del rancho donde la tenían cautiva y consiguió ocultarse muy bien en el campo; posteriormente, acudió con policías que la llevaron antes las autoridades a rendir declaración.

La policía acudió al rancho y detuvo a las hermanas asesinas, las obligó a declarar y, guiados por ellas y por los empleados del lugar, abrieron las fosas clandestinas, poniendo al descubierto el atroz negocio de sexo, alcohol y muerte.

Esta historia llegó al cine con el nombre de Las Poquianchis, cinta dirigida por el maestro Felipe Cazals, quien en 1976 acercó la historia que poco más de 10 años atrás había conmocionado a la sociedad mexicana. La cinta, de gran calidad, con tintes tremendamente documentalistas, contó con un elenco de gran calidad, encabezado por una joven Diana Bracho, Jorge Martínez de Hoyos, Salvador Sánchez, Pilar Pellicer, Ana Ofelia Murguía, María Rojo, Tina Romero, Manuel Ojeda y Gonzalo Vega, por mencionar sólo a algunos.

Juana Dayanara Barraza Samperio, mejor conocida como La Mataviejitas, nació en Pachuca, Hidalgo, el 27 de diciembre de 1958. Sus padres biológicos fueron Trinidad Barraza (ganadero y cobrador de camiones) y Justa Samperio (prostituta), quien según la asesina, cuando era niña la regaló “con un señor grande”.

José Lugo fue el hombre que atormentó a Juana a lo largo de cuatro años. En ese lapso, teniendo 13 años de edad, Juana Barraza queda preñada por primera vez, abortando al poco tiempo. A los 16 años, Juana queda nuevamente embarazada, teniendo a un niño.

Al cumplir 30 años Juana tomó la decisión de separarse del dueño que durante mucho tiempo la tuvo retenida contra su voluntad, decidiendo así emigrar a la ciudad de México, donde tuvo dos parejas más que la abandonaron. Tuvo tres hijos, de los cuales uno murió asesinado.

Debido a su inexistente nivel educativo, pues no sabía leer ni escribir, La Mataviejitas se dedicó a la venta de muchos productos para poder subsistir, hasta que por obra del destino llegó como vendedora de palomitas a la lucha libre, donde ocasionalmente participó como luchadora usando una máscara y haciéndose llamar La Dama del Silencio, donde ganaba de 200 a 500 pesos por lucha.
Juana inició su carrera delictiva robando transeúntes, para posteriormente comenzar con los asesinatos de mujeres indefensas de avanzada edad y solas, con el fin de obtener dinero.

Todos los asesinatos de La Mataviejitas tuvieron lugar en la ciudad de México, según notas periodísticas, desde 1998 o 2003 según el medio de comunicación que se consulte, aunque a ciencia cierta no se tiene una fecha precisa del primer crimen que perpetró, pero sí del último.

La detención de esta asesina se dio el 25 de enero de 2006, cuando huía de la casa de la que fuera su última víctima, la señora Ana María de los Reyes Alfaro, de 82 años de edad, quien vivía con su inquilino, un joven mesero llamado Joel López, en la casa ubicada en la calle José J. Jasso 21, colonia Moctezuma, Primera Sección.

Para su mala fortuna, Juana Barraza salía de la casa huyendo tras haber perpetrado el delito cuando fue interceptada por el joven, quien entró a la casa extrañado por la actitud de la sospechosa mujer y vio muerta a su casera, con puñaladas en el cuerpo y el cuello rodeado de un estetoscopio. Acto seguido, salió corriendo y gritando que la detuvieran. Una patrulla topó de frente a La Mataviejitas y la detuvo para presentarla ante las autoridades y con ello enviarla al reclusorio, donde hoy en día cumple una pena de 759 años y 17 días de prisión por 17 homicidios y 12 robos en agravio de ancianas.

La historia llegó al cine a través de un videohome llamado La mataviejitas: asesina serial, cinta dirigida por Miguel Marte en 2006. El filme resultó poco menos que un fracaso, pues su distribución no pudo llevarse a cabo por falta de presupuesto. En materia artística es un verdadero bodrio cinematográfico, con muchos errores en el mantenimiento de la continuidad y con actuaciones patéticas encabezadas por una de las actrices más conocidas del filme, Claudia Calderón. Por la falta de recursos es complicado encontrar la película en cualquier lugar, sin embargo, en Internet se puede ubicar sin el mayor problema.

El Caníbal de la Guerrero o Poeta Caníbal, cuyo nombre fue José Luis Calva Zepeda, fue detenido el 8 de octubre de 2007 y presuntamente se suicidó el 11 de diciembre de ese mismo año, acusado de un triple asesinato, pero con el agravante de haber cometido actos de canibalismo.

La inverosímil historia comienza el 5 de octubre de 2007, cuando los familiares de Alejandra Galeana Garavito, de 32 años de edad, pareja sentimental del Caníbal, presentaran una denuncia por su desaparición.

Luego de ponerse a investigar, los familiares de esta mujer aportan algunas pruebas de que el asesino había estado con ella justo antes de su desaparición, por lo que indagan en sus actividades y aportan los elementos para que las autoridades decidan enfocar su línea de investigación hacia la figura de Calva Zepeda.

Así pues, es detenido y posteriormente, el 16 de octubre, presentado ante la Fiscalía del Distrito Federal, que investigaba su caso. Aceptó la responsabilidad de haber asesinado y descuartizado a su pareja, aunque negó rotundamente haber practicado el canibalismo, hecho que fue comprobado al catear su departamento, donde se encontraron restos humanos en una sartén y en su refrigerador, así como residuos de carne humana cocinada –presuntamente de su novia– en un plato que estaba en su mesa.

Una situación por demás extraña es que el día de su detención, el asesino trata de escapar de la justicia tirándose por la ventana de su departamento y resulta apenas con una pequeña contusión en la cabeza, por lo que es trasladado al Hospital de Xoco, donde tiene que realizar su declaración.

Al terminar su juicio, se dio a conocer Calva Zepeda estaba vinculado con la muerte de una ex novia, a quien descuartizó en un basurero, así como en el de una sexoservidora de la zona de la colonia Guerrero, donde además estaba su domicilio (Calle Sol 73), a quien también descuartizó.

Asimismo, se informó a los medios de comunicación que había un detenido más, implicado en los asesinatos, un tipo que vivía en el Estado de México llamado Juan Carlos Monroy Pérez, quien declaró que había tenido una relación emocional con el implicado y por ese vínculo le había ayudado a descuartizar los cuerpos.

Monroy Pérez y Calva Zepeda fueron condenados a través del auto de formal prisión que dictara el juez Juan Jesús Chavarría Sánchez, el 1 de noviembre de 2007.

Ya en prisión El Caníbal de la Guerrero se suicidó en su celda del Reclusorio Oriente, el 11 de diciembre de 2007, aunque de acuerdo con declaraciones de su hermana, quien acudió a reconocer el cuerpo al Servicio Médico Forense, el cadáver presentaba marcas de tortura y una presunta violación de parte de los internos, quienes supuestamente le destrozaron los genitales.

En el séptimo arte, José Luis Calva Zepeda fue retratado en la cinta llamada El Caníbal de la Guerrero, que fuera dirigida por Enrique Murillo y que se filmara con un guión elaborado por Carlos Valdemar.

El protagonista del filme es John Solís (Luis Javier), Guillermo Quintanilla (agente Cárdenas), Nayeli Sarmiento (agente Olivia) y Diana Herrera (doña Eva), entre otros actores desconocidos. La cinta data de 2008 y es una producción mexicana que pasó sin pena ni gloria por las marquesinas mexicanas, que si bien se entrenó en cartelera, no pudo pasar siquiera el primer fin de semana de su estreno.

OTRAS PELÍCULAS SOBRE ASESINOS INEXISTENTES

Así pues, los asesinos seriales han sido materia de muchos filmes mexicanos, aunque los anteriores fueron asesinos que sí existieron.

Otros filmes mexicanos que tuvieron como personaje principal a uno o a varios asesinos seriales fueron «Somos lo que hay”, ópera prima de Jorge Michel Grau, que se estrenara en 2010 en el Festival Internacional de Cine de Morelia y cuyo protagonistas fueran Adrián Aguirre, Miriam Balderas, Francisco Barreiro, Carmen Beato, Alan Chávez, Juan Carlos Colombo, Paulina Gaitán y Daniel Giménez Cacho, entre otros.

El filme narra los conflictos a los que se enfrenta una familia de caníbales cuando muere el padre, que es quien sale a asesinar a las personas que se convierten en el alimento de la madre y los hijos. Una cinta cruda que tuvo como sede la Unidad Habitacional CTM Culhuacán, al sur de la ciudad de México.

Otro filme que tuvo mucha publicidad, aunque no respondió a las expectativas, es “Dame tus ojos”, cinta dirigida por José Luis Gutiérrez Arias en 2012, que fuera protagonizada por Raúl Méndez, Shalim Ortiz, Anouk Ogueta, Paula Lucky y Miriana Moro, entre otros.

La cinta narra la historia de Abril y Mayo, dos chicas que mantienen una relación emocional basada en su obsesión por la muerte y victimizando a diversas personas que encuentran en su camino; el objetivo de su viaje es encontrar a la verdadera madre de una de ellas.

El filme es mucho menos interesante de lo que en realidad puede parecer la sinopsis, sin embargo, la falta de pericia del director lleva a la película a un rotundo fracaso narrativo, transformándola en una parodia de asesinatos seriales.

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